Ingwa-banashi

Lit. Una historia de Ingwa.

Ingwa es el término con el que el budismo japonés se refiere a un mal karma o a las consecuencias negativas o errores generados en un estado de existencia anterior. Quizá el título de este relato se entiende mejor si sabemos que, para el budismo, los muertos tienen la capacidad de hacer daño a los vivos solo como castigo o consecuencia de los actos malvados que sus víctimas han cometido en vidas anteriores. Este relato forma parte de una colección de historias de terror titulada. Hyaku-Monogatari.

La esposa de un daimio se estaba muriendo y ella era consciente de la situación. Desde comienzos de otoño del año décimo de Bunsei había permanecido confinada en su cama. Era ya el cuarto mes del año decimosegundo de Bunsei – 1829 según la cronología occidental – y los cerezos habían comenzado a florecer. La mujer pensó en los cerezos de su jardín y en la alegría de la primavera. Pensó también en las concubinas de su marido, especialmente en la Dama Yukiko, que tenía diecinueve años .

-Mi querida esposa- dijo el daimio – has sufrido mucho durante tres largos años. Hemos hecho todo lo posible para que recobraras la salud. Te hemos cuidado día y noche, hemos rezado por ti, incluso hemos ayunado. Pero a pesar de nuestros amorosos esfuerzos y de las habilidades de los mejores médicos, parece que el fin de tu vida ya no está demasiado lejos. Probablemente sufriremos más que tú cuando abandones lo que Buda denominó sabiamente ” La morada ardiente del mundo”. Encargaré la celebración de todos los ritos religiosos necesarios para favorecer tu reencarnación sin tener en cuenta su precio; y todos nosotros rezaremos sin descanso para que no tengas que vagar por el Vacío Oscuro y así entres rápidamente en el paraíso y alcances el estado de Buda.

Habló con mucha ternura mientras acariciaba a su esposa. Entonces, con los párpados cerrados, ella le respondió con una voz tan frágil como la de un insecto:

-Te agradezco mucho tus amables palabras… Sí, es cierto, como bien dices han sido tres largos años de enfermedad; he recibido las máximas atenciones y los más atentos cuidados… ¿Por qué debería entonces desviarme del único Sendero Verdadero en el momento preciso de mi muerte?… Quizá no sea adecuado pensar en asuntos terrenales en un momento como este, pero tengo que pedirte una cosa, solo una… Haz venir a la dama Yukiko; sabes que la quiero como a una hermana. Quiero hablar con ella de los asuntos relativos a esta casa.

Yukiko acudió a la llamada de su señor y, obedeciendo un gesto de este, se arrodilló ante la cama. La esposa de daimio abrió los ojos, miró a Yukiko y habló así:

f90ac78f4343a5ca49541b2e7c0d0257-¡Ah, Yukiko! ¡Estás aquí!… ¡Me alegro tanto de verte!… Acércate un poquito más para que puedas oírme mejor: no puedo hablar más alto… Yukiko voy a morir. Espero que seas leal a nuestro querido señor; quiero que ocupes mi lugar cuando yo me vaya… Deseo que te ame siempre; sí, que te ame incluso cien veces más de lo que me ha amado a mí. Espero que muy pronto asciendas de rango y te conviertas en honorable esposa … Y te suplico que siempre ames a nuestro señor: nunca permitas que otra mujer te robe su afecto … Esto es lo que quería decirte querida Yukiko… ¿Lo has comprendido?

-Mi querida señora- protestó Yukiko – os lo ruego, no me digáis esas cosas. Vos bien sabéis que soy de condición pobre y humilde. ¡Cómo puedo aspirar a convertirme en la esposa de nuestro señor!

-¡No, no!- respondió la esposa con voz ronca-. No es el momento de palabras ceremoniosas: hablemos con franqueza. Tras mi muerte es seguro que ascenderás a una posición superior. Ten por seguro que deseo que seas tú la esposa de nuestro señor. Sí, este es mi mayor deseo, Yukiko, incluso mayor que el de convertirme en un Buda… ¡Casi lo olvido! … Quiero que hagas algo por mí, Yukiko. Sabes que en jardín hay un cerezo que fue traído aquí desde el monte Yoshino, en Yamato, el año pasado. Me han dicho que ya ha florecido por completo. ¡Deseo tanto ver sus flores! Dentro de muy poco ya habré muerto. Necesito verlo antes de morir. Quiero, Yukiko, que me lleves al jardín para que pueda verlo… Sí… llévame a tu espalda, Yukiko, a tu espalda…

Pero, tan proto se puso en pie, deslizó sus escuálidas manos por debajo del kimono de Yukiko y agarró los pechos de la joven soltando una malévola carcajada.

-¡Este es mi deseo!- gritó- ¡La flor del cerezo, pero no la flor del cerezo del jardín!… No puedo morir sin cumplir mi deseo. ¡Ahora tus hermosas flores son mías!

Y, tras pronunciar estas palabras, se desmoronó sobre la joven y murió. Las frías manos de la muerta se habían unido a los pechos de la muchacha de manera comprensible, parecía como si se hubiesen desarrollado dentro de la carne. Yukiko, aterrada, se desmayó de dolor.

Por aquel entonces, el médico más reputado de Yeso era un extranjero, un cirujano holandés. El daimio decidió llamarlo. Tras un cuidadoso examen declaró que era incapaz de dar una explicación  al extraño caso y que lo único que se podía hacer para ayudar a Yukiko era cortar las manos del cadáver. Señalo que sería demasiado peligroso para la joven intentar separar las manos de los pechos. Siguieron su consejo y amputaron las manos a la altura de las muñecas, que continuaron aferradas a los senos hasta que pronto se oscurecieron y se pudrieron, como la carne putrefacta de un cadáver.

Y esto fue solo el comienzo de la pesadilla. Aunque las manos parecían estar aparentemente marchitas e inertes, no estaba muertas. Por momentos se movían sigilosamente, como grandes arañas. Poco después, noche tras noche, a partir de la hora del Buey, apretaban estrujaban y torturaban. El dolor únicamente cesaba al llegar la hora del Tigre.

Yukiko se rapó el pelo y se convirtio en monja mendicante. Adoptó el nombre religioso de Dassetsu. Mandó fabricar un ihai (tablilla mortuoria) con el Kaimyo de su señora muerta, siempre lo llevaba encima consigo en todo momento; todos los días rogaba con humildad a la muerta para que la perdonara y realizaba un ritual budista para que su espíritu celoso encontrará finalmente La Paz. Pero el Karma negativo que había provocado semejante daño no podía calmarse fácilmente, Todas las noches durante más de diecisiete años, a la hora del Buey, las manos la torturaban, según el testimonio de aquellos a quienes ella misma relató su historia en la casa de Noguchi Dengozayemon, en la aldea de Tanaka, distrito de Karachi. Desde entonces nada se ha sabido de ella.

En el Japón Fantasmal

Lafcadio Hearn

Satori Ficción

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